
La magnitud de la erupción del volcán de Chinyero conmocionó a los habitantes del Garachico de entonces y marcó para siempre a sus descendientes. No tardaron, pues, en surgir y propagarse las leyendas en torno a la catástrofe. Al respecto la escritora británica Elizabeth Murray, residente en Canarias entre 1850 y 1860, pudo comprobar, durante su visita a la villa, la existencia entre los lugareños de la leyenda que atribuía a la maldición de un fraile franciscano, despechado con una familia noble de la localidad, la violenta erupción. Las palabras malditas pronunciadas por el ofendido religioso, que según el relato legendario provocaron la ira del volcán, fueron:
Garachico pueblo rico,
Gastadero de dinero,
Mal risco te caiga encima.
La opulencia de Garachico y la desgracia en la que lo sumió el volcán quedaron reflejadas, igualmente, en otro relato que habla de la existencia de una calle de mármol en la que vivían las principales familias de la localidad. Sólo los viernes estaban autorizados a pasar por ella, para recibir las correspondientes limosnas, los menos pudientes del vecindario. La lava, que no distinguió entre pobres y ricos, también puso fin a estas diferencias sociales sepultando la marmórea y legendaria calle, de cuya existencia nada se sabe, a pesar de adjudicársele exacta ubicación.
Otra leyenda señala que la ermita del barrio de Los Reyes se libró de las coladas lávicas por la intercesión de la Virgen María, cuya imagen fue sacada del santuario por unos desesperados devotos que, con fervor, confiaban en la paralización de los ríos de lava ante la presencia de la sagrada imagen. Las coladas siguieron su curso pero respetaron, al bifurcarse, la ermita y otras edificaciones cercanas como la casa de Arango, en la que se había depositado la venerada imagen, que luego, pasado el peligro, fue rescatada sin más daño que la quema del borde inferior de su manto.
La tradición oral precisa que, a pesar de la confusión del espantoso y estrepitoso momento, se pudieron oír los gloriosos pasos de la Virgen de Los Reyes sobre el tablado del balcón de la casa de Arango, donde aguardaba, como celestial protectora, la llegada de la furia volcánica.
Leyendas al margen, un siglo después de la catástrofe la población había disminuido considerablemente. Las familias nobles y la burguesía comercial que protagonizaron la vida social y económica del pasado, terminaron por trasladar su residencia a otros lugares más prósperos. Los viejos conventos, de cuyos edificios se dijo que eran más numerosos y espaciosos que los cuarteles de Gibraltar y más sólidos que los colegios mayores de Oxford, se fueron deshabitando paulatinamente y de ellos sólo uno, el de las concepcionistas franciscanas, sobrevivió a las exclaustraciones decimonónicas y su comunidad religiosa, todavía numerosa, ha llegado hasta nuestros días.
La febril actividad portuaria y el rentable comercio dieron paso a una insignificante economía basada en la agricultura y en la pesca. El empobrecimiento de la población obligó, a lo largo de todo el siglo XIX, a gran parte de sus habitantes, los más desfavorecidos, a emigrar a América, sobre todo a Cuba, en busca de mejor suerte.
A pesar de todo, las autoridades locales siguieron empeñadas en revitalizar la actividad portuaria. En 1879 se construía un nuevo muelle y, en una época en la que todavía las comunicaciones terrestres eran difíciles, se consiguió habilitar el viejo puerto para dar salida a la rica producción frutera comarcal. En este sentido el puerto de Garachico, a finales del siglo XIX, coincidiendo con la implantación y desarrollo del cultivo del plátano, recuperaba su actividad económica en el ámbito de la navegación interinsular. Ya en el siglo XX, Garachico se ve agraciado, el 26 de octubre de 1916, con la concesión del título de Villa por parte del rey Alfonso XIII, “por el creciente desarrollo de su agricultura, industria y comercio y su constante adhesión a la Monarquía”.
Garachico es hoy uno de los núcleos históricos más importantes de Canarias. Su escudo heráldico, cuyos orígenes hay que buscarlos en el año 1832 y que fue remodelado entre 1987 y 1992, resume simbólicamente su rica y dilatada historia que, con acierto, queda reflejada en el lema “Glorioso en su adversidad”; frase escrita por el periodista tinerfeño Leoncio Rodríguez (1881-1955) e incorporada al escudo en 1987 junto con la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes concedida por el rey Juan Carlos I según Real Decreto de 7 de marzo de 1980. En los últimos años han mejorado las perspectivas de futuro y nuevos proyectos vienen a reavivar la vida portuaria de Garachico en el nuevo siglo.